lunes, 8 de febrero de 2021

Un libro: "Memorias de un desmemoriado"

A veces sueño con escribir un libro.

Es un sueño heredado, se lo oí decir a mi padre y antes a mi abuelo materno: " quiero escribir un libro ".

Ellos no pudieron hacerlo. 

Así que de vez en cuando, alentado por este sueño heredado y por quienes generosamente me dicen "me gusta lo que escribes… o lo que dibujas", sueño, aún no está prohibido, y se me ocurren ideas: un libro con mis dibujos, un libro de viajes, o de retratos, una novela, una autobiografía.

Hace unos días soñé con esto último. 

"Memorias de un desmemoriado" pensé como título. Pero uno no es tan desmemoriado y recordé que me sonaba de algo, así que busqué por Internet: Memorias de un desmemoriado. Era el nombre de una exposición sobre Galdós que nunca fui a ver. Pero también el nombre de su criticada autobiografía.

Antes de leerla, si es que alguna vez la leo, leí algunas críticas y reseñas sobre esta obra suya.

Dibujo mío de una foto de Pérez Galdós y su perro en Gran Canaria

Parece ser que así tituló Pérez Galdós los artículos que fue publicando sobre su vida en la revista "La Esfera" en 1916, ya viejo, ciego, pobre y cansado, y pocos años antes de su muerte, en parte por la insistencia ajena, en parte por agradecimiento y búsqueda de ingresos de los que carecía.

Cuentan que incluso su título fue controvertido, por ser el mismo que el de otras memorias de un tal Ruiz Contreras, que insistió ante él y que fue quizás causa de que Galdós perdiese el interés y las dejase interrumpidas. Los trece o catorce capítulos o entregas fueron muy criticados por su brevedad, falta de calidad literaria y poco interés del autor en desvelar en ellos su vida privada o su proceso creativo, considerándose siempre una obra menor de Galdós.

Dibujo mío de la estatua de Galdos en la plaza de Don Benito

Pienso yo ahora si el escribir, o mejor dictar a alguien ajeno, a los setenta y tantos años, ciego, repleto de deudas, frágil de salud y boicoteado en su candidatura al Nobel en su propio país no sería ya de por sí suficiente razón para no esmerarse en demasía ni contar en exceso, y menos aún si además los destinatarios de su obra, suscriptores a una revista de lujo de la época, y Galdós lo sabía, tampoco tenían excesivo interés en saber de su vida y opiniones. 

Aquello quedó como quedó y dicen que en 1919, cuando por subscripción popular le erigieron una estatua suya en el Retiro, obra de Victorio Macho, ante gran público, pero también ausencias evidentes, el anciano Galdós, que no podía verla, pidió que le acercasen a ella para poder tocarla y de los ojos del anciano brotaron lágrimas. Aunque parece que no fue exactamente así. Lo cuentan en el blog MadridLaCiudad.

Foto mía de la estatua de Galdós en el Retiro

He leído un poco de aquellas memorias, y me parece evidente que desde el comienzo Galdós juega ya con la memoria y la desmemoria, con la identidad y la falsedad, con la realidad y la ficción, con el orden cronológico, y avisa ya que omitirá partes de la historia, como su infancia, hasta bromeando con lo que allí dejará escrito.

Pido pues disculpas por comparar, al menos en el título, mi nula historia literaria con el final de la muy extensa e importante de don Benito Pérez Galdós. Mi padre atesoraba en mi casa la roja edición de los tomos de sus obras completas, crecí con ellos, y alguna vez hojeé sus finas hojas intentando averiguar el secreto de tanta palabra escrita.

No me dio sin embargo, por leer sus obras. Lo mío fueron novelas de Salgari, Karl May o Jack London donde viajaba a tierras lejanas a luchar con los piratas o contra los indios o atravesar bosques inmensos de sur a norte, o de este a oeste, y las historias de Galdós me imponían respeto, me parecían… demasiado antiguas, cercanas y amargas. Así que nunca leí sus memorias, si es que estaban en aquellos tomos.

Bueno, puedo alegar en mi defensa a lo escrito en este artículo que en los sueños, hasta los más humildes, uno puede mirar al sol o acercarse a la gloria de los genios y no quemarse, imaginar escribir  y publicar obras maestras, y por qué no, como ahora, terminar en ellas, como aquí, presentando mis disculpas y respetos al mismísimo Galdós.

Me gustaría, eso sí, incluso despierto, seguir soñando que en el futuro, algún día, escribiré un libro.

O varios, por qué no.


miércoles, 2 de diciembre de 2020

Reaprender a mirar (1)

Puede parecer el mísmo título de post anteriores, pero no lo es.

Cuando estaba pensando en escribir sobre "aprender a mirar" me encontré con la convocatoria de este curso, "Reaprender a mirar", gratuito, todo hay que decirlo, y agradecerlo, a Gran Canaria Espacio Digital que lo promovía, e impartido por el cineasta Pablo Vilas, el mismo que promueve otro curioso proyecto audiovisual y documental, #ventanasinteriores.

Iba a llamarlo aquí "serendipia", pero descubro que no es eso, sino que lo llaman "pronoia", que es lo contrario a "paranoia", y es creer que el universo conspira a tu favor. Y como tal, dicen, también puede ser un trastorno mental.

Trastornado o no, me suele pasar que cuando estoy en algo, ya sea bicicletas, aves, embarazos, jubilados o miradas, mi mente está más atenta y suelo encontrarme con casualidades como esta.

Casualidad que sin embargo en principio fue negativa, ya que las plazas del curso estaban completas, pero será "pronoia" o no, lo cierto es que me llamaron el viernes anterior porque había una plaza libre, y aunque les contesté que tenía 61 años y que no me importaría que alguien más joven que yo accediera al curso, me contestaron que era un curso muy variado en alumnado y que no había problema.

Así que el lunes por la tarde me planté con mi cuadernillo, mis rotuladores y móvil, a ver y escuchar a Pablo Vilas una clase teórica sobre el cine documental. La espera inicial dio incluso para algún dibujo:


Luego, la muestra siguiente incidió en aspectos e historia del cine documental que no conocía. Mi formación no formal en cine y audiovisual se basa más en lo que he visto y leído sobre cine y educación, que en formación sobre ello, así que lo que nos mostró Pablo Vilas me resultó interesante a veces, discutible otras, pero útil siempre. Tomé incluso algunos apuntes escritos que espero completar con la presentación que Pablo dijo que nos enviaría.



Al día siguiente quedamos por la mañana para la parte práctica: rodar un corto en las cercanías del Gran Canaria Espacio Digital, en el barrio de Schamann. Primero una salida en solitario para coger ideas, localizaciones, observar, pensar en qué hacer. Yo por pura comodidad llevé, aparte del móvil una pequeña cámara compacta que cabe en un bolsillo y un pequeño trípode, inestable y que difícilmente se mantenía a más de un metro de altura.

Aún así, como no todo es la tecnología, y nada más salir del centro, en plena plaza de Don Benito me encontré con una parada de guagua (bus) y un panel publicitario con un eslogan, "Toda una vida", y fragmentos de una canción de hace más de 70 años con el mismo nombre, cantada por Antonio Machín, y que escuché muchas veces en boca de mi padre cuando niño.


Luego, la continuación del paseo no me dio ideas tan claras, había poca gente en las calles, aunque siempre hay algo que ver, y para muestra este puzzle con mis fotos:


Luego vino la puesta en común, mis ideas, las de los demás, y la muestra por el profesor del equipo de imagen y sonido de un profesional. Casi parecía un enorme Godzilla frente a mi minúsculos cámara y trípode, pero siempre se aprende, y aunque queda lejos de mis expectativas una cámara tan completa, siempre disfruta uno ante las maravillas del vídeo y el sonido, e incluso, aunque reacio al principio, finalmente, con algo de ánimo de Pablo, me atreví a manejar la supercámara y supertrípode al final de la jornada. Aunque, claro, eso no está en estas fotos:


El primer tema elegido fue precisamente el mío, "Toda una vida", así que pusimos la cámara de Pablo y el equipo de sonido junto a la parada esperando que algo pasase. Al rato yo decidí colocarme con la mía en la mediana de la calle, desde donde veía a mis compañeros del grupo y la parada al mismo tiempo. Incluso hice un dibujo desde allí. Tomé fotos y grabé vídeos desde mi trípode tembloroso.


Luego nos desplazamos al parque en medio de la plaza Don Benito. Desde allí divisamos una calle, Federico Viera, que yo había fotografiado prácticamente vacía, y donde vimos a dos hombres trabajando en la misma calle. Allí había un punto de interés. Resulta que aquellos hombres estaban adornando la calle para las fiestas de navidad con luces que ellos mismos habían comprado y que iban colocando, ayudados, observados y aconsejados por vecinos curiosos que los miraban pasar o desde sus ventanas. 

Había que grabarlo como documental. Fuimos directamente allí y estuvimos con ellos hasta el final de la mañana, grabando lo que allí pasaba, mientras los coches y la gente pasaban y se extrañaban pensando si éramos de la televisión. Anécdotas y buen humor llenaron la mañana.


Y tuve tiempo para hacer otro dibujo:


Luego, ya con minutos grabados, sonido, fotos, nos despedimos hasta el día siguiente, último del taller. A mí, sin embargo, me quedaba algo de tiempo y decidí por mi cuenta grabar en el parque, junto a la estatua de Don Benito Pérez Galdós. Al fin y al cabo este extraño año es también el del aniversario de su muerte y de alguna manera me sentía obligado o inspirado a ello.


Y también le hice un dibujo:


Lo que hicimos después con los vídeos, fotos y dibujos, con todo ello… bueno, quedará para un próximo post, como en las novelas por entregas de Don Benito.

lunes, 30 de noviembre de 2020

Aprender a mirar (2)

Cuando uno escribe, las palabras a veces brotan, anticipándose a lo que pensábamos escribir.

Así pasó cuando, hace unos días, escribí "Aprender a mirar (1)" . 

No era de educación ni del confinamiento de lo que quería hablar, o al menos no tanto, pero empecé a escribir. y cuando me quise dar cuenta había escrito mucho, y como estamos ya acostumbrados a textos breves, decidí dejarlo así y continuar días después.

De lo que yo quería hablar era de Cine.

Porque no sólo mirábamos por las ventana de la calle durante el confinamiento, también mirábamos la ventana que tenemos en el salón, el televisor. A través de esa ventana interior vimos series de todo tipo, extrañas ruedas de prensa, noticiarios, y cine.

Y he seguido viendo cine desde entonces.

Una tarde vi una titulada "De 5 a 7", una película romántica. Era agradable y algo meláncolica, pero me llevó a través de mi amiga Araceli a otra película de 1961 que no conocía, "Cleo, de 5 a 7", de Agnès Varda, directora de la "Nouvelle Vague".

Como a partir de aquí contaré algo de ella, lo aviso para que no sigan leyendo, si piensan verla.

En blanco y negro, la directora narra dos horas de la vida de Cleo, una cantante.

Al comienzo es una persona mirada por todos, frívola, presumida, mirándose ella en mil y un espejos, pero sin verse en realidad, ni importarle nada en especial. Acompañada, y sin embargo sola.

Hay sin embargo un miedo que le atormenta y que le hará cambiar: el temido diagnóstico de unas pruebas médicas. Ante la indiferencia de quienes están a su lado, decide salir a la calle y recorrer París. La rotura de un espejo parece darle otra mirada, se ve y mira de otra manera a su alrededor.

El encuentro con un soldado, Antoine, que le mira y escucha de otro modo, le hace retomar su nombre verdadero, Florence, atreverse a ir al médico, y mirarse y mirar la vida de otra manera. A lo largo de esas dos horas, de alguna forma, Florence ha aprendido a mirar.


Después de verla me ha resultado curioso el paralelismo con otra película americana del mismo año,  mucho más famosa y vista, "Desayuno con diamantes", la historia de una mujer sofisticada que cambia de rumbo su vida, así como sus diferencias de color, ritmo e interpretaciones. (Curiosa y anecdótica la coincidencia en un papel similar en ambas películas del aristócrata, escritor y actor español José Luis de Villalonga.)

sábado, 28 de noviembre de 2020

Jubilación, año uno.

El tiempo pasa, y en algunos años como éste, afortunadamente.

Ya antes de jubilarme una frase se me había quedado en la cabeza.

Soy muy de eso, de frases dándome vueltas en la cabeza. 

Otras personas lo son más de canciones, de imágenes, de olores o sabores.

Yo soy de frases: "en la jubilación lo peor es el primer año, si lo superas, luego todo va bien"

Alguien me lo dijo una vez y ahí ha estado la frasecita, acompañándome todo este … año.

No sé cuáles serán los índices de mortalidad, enfermedad, desgracias en ese primer año de jubilación. 

Este ha estado repleto de ellas, aunque afortunadamente se han alejado de mí lo suficiente, y prefiero no investigar, no sea que descubra que es peor aún el segundo año, y otra frasecita sustituya a aquella en mi cabeza.

La jubilación empezó bien para mí: despedida, cumpleaños, viajes a Granada, Argentina, y luego Madrid y Granada. Fotografías, dibujos y pinturas, paseos, experiencias, familia, proyectos…

Y luego todo se paró en seco. 

De repente parecía que todo el mundo se hubiese jubilado, que toda la vida pasase por la ventana, que el calendario se hubiese estropeado.

Y pasado el confinamiento, parece aún como si todo vaya a medio gas, y no solo por llevar bocas y narices tapadas, sino porque para cada cosa que te propongas el tiempo parece el doble. 

Los paquetes tardan más, llamadas y mensajes son larguísimos, los telediarios parecen repetidos, los partidos en la tele parecen a cámara lenta, las series duran más capítulos, y las películas se te hacen eternas en el sofá. Leer cuesta, dibujar o pintar aún más,… y las islas Canarias quedan más lejos de todo,… menos de la inmigración y la pobreza.

Así que, al fin de cuentas, me quedo hoy pensando si habré de estar contento porque el primer año ya pasó, irritado por lo que me robaron de él, o temeroso porque el segundo año pueda ser aún peor.

Al menos, como en un martes y trece, tengo ya mi excusa de por qué el año salió al final no tan bien como esperaba, bastará usar esa palabreja de cinco letras que no estoy dispuesto a escribir hoy, y de paso pensaré que me he librado ya de aquella frasecita, deseando que, efectivamente el primer año sea el peor.

Deméritos no le faltan.


Aprender a mirar (1)


En mis treinta años dando clase de Dibujo Técnico y ESO que llamaron "Educación Plástica y Visual", yo solía empezar mis primeras clases explicando qué es "Educación", qué es "Plástica" y qué es "Visual".

Dudo mucho de mi éxito al explicarlo, porque luego todos, incluyendo a mis compañeros profesores, la llamaban al final simplemente "plástica", así, en minúsculas, cursiva y nada de negrita, como aquello que envuelve sus bocadillos, como las bolsas que envuelven sus golosinas, que flotan en el mar, vuelan por nuestros campos o pisamos en la calle. 

Aún así, yo consideraba un pequeño triunfo que la llamasen "plástica", que al menos en mi acepción significaba cambiar las cosas de modo permanente, darles forma, cambiarlas, frente a "manualidades", que era el nombre que le daban en Primaria y que parecía significar básicamente el uso más o menos habilidoso de las manos.

El éxito era difícil, sobre todo porque dudo que quienes se inventaron - o copiaron, quién sabe - ese nombre, "Educación Plástica y Visual", al que en la última ley añadieron el cacofónico "Audiovisual", como si en la Educación Audiovisual no estuviera ya la visual, en fin, ya digo, dudo que quienes se inventaron ese nombre las leyes y decretos educativos tuviesen claro para qué lo habían elegido. En otros países se dice "Artes", o "Artes Visuales", pero aquí el Arte está reservado para unos pocos, para estudiar su historia, para diseccionarlo como un cadáver, quizás para comprarlo y venderlo, pero raramente para practicarlo, para vivirlo, casi ni para mirarlo.

Así que la asignatura, me ahorro de momento leer la última ley educativa aún en trámites, queda de momento con ese largo y polifónico nombre de "Educación Plástica Visual y Audiovisal", al que todos seguirán llamando, simplemente, "plástica". Y como en leyes anteriores, me temo, será de nuevo reducida o ignorada. Ante una crisis de ideas poco ven necesario el Arte, aunque solo sea por enseñar a crear, fracasar, y seguir adelante.

Sin embargo, temo que me alejo del tema, APRENDER A MIRAR.

Una de las cosas que solía hacer en aquellas primeras clases, cuando hablaba de lo "visual", era pedirles que se subiesen a las mesas, que se sentasen en el suelo, y comparasen cómo veían la clase y a sus compañeros desde allí. Cómo cambiaba su manera de MIRAR, y de aprender y disfrutar de lo que tenían a su alrededor.

Porque "Ver" es algo físico, casi automático. Abrimos los ojos, y mejor o peor, vemos. Caminamos por la calle y vemos. Nuestros ojos nos informan y esquivamos las hojas que caen, los agujeros en el suelo, la gente que pasa… vemos a nuestro alrededor casi sin pensar.

Pero MIRAR es algo voluntario. Decidido. Que requiere nuestra atención. Y dibujar enseña a ello. No basta ver el árbol, miramos sus hojas, sus ramas su tronco, su altura y anchura, su color. Miramos a alguien, y a veces a escondidas volvemos a mirarle, no es alguien más, lo hemos apreciado, lo hemos identificado, diferenciado. Queremos verlo, le prestamos atención, y por qué no decirlo, ese querer también es amarlo.

Durante el largo confinamiento vimos muchas cosas, pero también miramos. Y mucho. Dentro de casa, desde el humilde café del desayuno a los muebles y objetos que estaban ahí y raramente habíamos mirado. Desde la ventana la gente que paseaba sus perros, los árboles y pájaros que antes ni veíamos, las nubes que conformaban amaneceres y atardeceres distintos cada día, las lunas que iban pasando… yo dibujaba, creaba, grababa lo que pasaba, escuchaba, miraba






Mirar. 

jueves, 26 de marzo de 2020

APLAUSOS



Un amigo se (y nos) planteó hoy reflexiones sobre el motivo y los destinatarios de esos aplausos que suenan cada tarde desde que estamos confinados por coronavirus.


No reproduciré sus reflexiones que él nos confía, pero mi respuesta a ellas sí, porque estos días son propensos a reflexiones, "deflexiones", como alguna vez he titulado, y todo tipo de combinaciones de la palabra flexión, incluidas, por qué no, las genuflexiones.

Yo reconozco que salgo a mi ventana (m… compré un piso sin balcón ni patio ni jardín privado) sin reflexionar ni seleccionar a quien van dirigidos mis aplausos, más bien por disciplina horaria, por conexión con mis vecinos, por puro hacer ruido estando todo el día procurando no molestar… y mis aplausos pueden ir a los sanitarios, como algunos de mis hermanos, sobrinos y amigos, a la gente que pasea su perro o viene del súper, a quienes trabajan estos días, a quienes buscan e investigan, o quizás, simplemente, a la abubilla que viene todos los días a esa hora a sentarse en la arena del parque comunitario que no puedo pisar desde hace… trece días, mientras un mirlo la observa desde lejos y terminan por alzar el vuelo, que yo ahora envidio.
Dudo mucho que mis aplausos (últimamente, reconozco, golpeo un rascador de minas y un cartón para evitar lesiones) sean contabilizados, registrados, en el debe o haber de nadie, como mucho en mi memoria de los días transcurridos.
Incluso he leído estos días que ese gesto puede ayudar a transmitir el virus, supongo que en viviendas cuyas ventanas están muy cercanas, ya que tiende a caer por gravedad. 
También he leído - o visto, uno no sabe ya por dónde le atacan los miedos, o los medios - que hay más víctimas italianas y españolas porque estamos genéticamente emparentados y más expuestos que los nórdicos. Y yo pienso, seré rebelde, que quizás sea un poco más por cuestión de carácter y de pobreza, que de genética. Pero qué … sabré yo de esto…
Saludos, y salud… mucha salud.

domingo, 22 de marzo de 2020

La delgada línea roja

Nunca pensé que, cuatro meses después de mi "despedida" estuviese escribiendo en las circunstancias en las que escribo hoy.

Tampoco voy a escribir un "diario del confinamiento". Me falta la constancia y la determinación para hacerlo. 



Pero sí voy a contar lo que pensaba anoche, mientras veía la película "La delgada línea roja", de Terrence Malick. No sé si en otras circunstancias habría visto un sábado esta película bélica lenta y pausada de casi tres horas sobre la vida/muerte de un pelotón de marines en la isla de Guadalcanal durante la Segunda Guerra Mundial.

Tampoco puedo decir que la viese completa, ni el comienzo, llegué a ella en un "zapping" de madrugada, intentando alargar una noche de sábado, ni tampoco su final, cuando todos regresaban en barco y a mí se me cerraban los ojos pasadas las tres y pico de la madrugada.

Aún así, preguntándome cada cierto tiempo qué estaba viendo y por qué no lo dejaba, las reflexiones con voz en off y las peripecias de aquellos soldados en una isla paradisíaca, con eventuales vistazos a mi móvil, me tuvieron frente a la pantalla más tiempo del que yo pensaba.

Porque en la película no sucede nada y al mismo tiempo sucede todo, porque de alguna manera lo que veía y escuchaba me traía a estos días de confinamiento, que cada cual vive a su manera, con sus pensamientos e ideas, escuchando como la muerte ronda no se sabe dónde, como las balas que cruzan la película, y la tristeza de unos y de otros aparece en cada esquina.

En algún sitio he leído - se lee tanto y tan diferente en estos días - que esta pandemia que vivimos es lo más parecido a una guerra que vive nuestra generación. No son bombas las que caen a nuestro alrededor ni son balas las que silban sobre nuestras cabezas, pero sí esa sensación irreal y opresiva que surge de ese enemigo oculto, invisible, que no sabes ni cuando ni donde va a aparecer ni a quien va a atacar.

Y entremedias, órdenes incomprensibles, difíciles de asumir, mensajes desconectados de su entorno, alejamiento, despersonalización, racismo, violencia, lo peor y lo mejor del ser humano mezclado, la mirada hacia el otro, la valentía y la cobardía, el grupo y el individuo.

Y para terminar, esa sensación de que el sol, el mundo, el paraíso, la primavera, están ahí fuera esperándonos, quien sabe si para recibir esa bala perdida o ese descanso merecido tras un infierno incomprensible.

Saludos y salud, mucha salud.

jueves, 21 de noviembre de 2019

Despedida




Parece que fue hace nada, y sin embargo han pasado ya 10 días.

Y es que el tiempo es siempre relativo.

Sucedió de improviso. Nunca me gustaron las despedidas y siempre he intentado evitar las sorpresas.

Y fue sorpresa. Y fue despedida. E inesperadas.

Primero, una llamada a un despacho. Unas actas que me piden firmar.

Después, una foto de recuerdo. "Pero mejor no aquí, en el patio".

Ese móvil que tarda tanto en sacar la foto.

Unas gotas de lluvia que empiezan a caer.

Un timbre inesperado, quince minutos antes de lo previsto.

Mi extrañeza.

Alumnos que empiezan a salir de las clases, que se asoman a ese patio que alguna vez he comparado a un patio de vecinos.

La planta baja, la primera, la segunda, se van llenando de caras jóvenes.



Espera, me dicen.

Salen más alumnos, mis compañeros, mis compañeras.

Y empiezan los aplausos, y oigo mi nombre en ese patio: "¡Pedro, Pedro…!"

La lluvia para y sale el sol, que ilumina sus caras, y no sé dónde mirar, arriba, abajo, alrededor…

Me pongo en el centro del patio, saludo. Casi como un torero en una tarde grande.

Voy dando vueltas sobre mí saludando, dando gracias, intentando mirar a todos los que me miran y me aplauden.

Luego, algunos compañeros y compañeras se acercan a mí, me rodean, me sonríen, y terminamos en una foto de grupo final.

Y yo no sé que decir. "gracias, gracias, gracias…"

La despedida ha llegado, inesperada y por sorpresa.

Y una nueva vida empieza.

Y comienza agradecida.







martes, 12 de noviembre de 2019

Vacaciones en noviembre

Mi cuenta atrás
Este jueves saldré de vacaciones.

De hecho, estos días, a ratos, llevo colgada una tarjeta que me recuerda, y a quienes suelen preguntármelo, los días que me quedan.

Desde hace 30 años nunca he tenido vacaciones en noviembre, pero la Consejería de Educación me concede 5 días. Ha sido generosa, pues tras 30 años, 2 meses y 21 días de docente este curso me correspondían 4,94 días de los 22 anuales que me han asegurado que tenemos.

Lo primero que haré será viajar a Granada a ver a mi madre y hermanos. Todos estos años mis viajes fueron o en verano o en navidades, así que disfrutar del final del otoño en Granada será algo estupendo.

A la vuelta de Granada terminaré mis vacaciones y vendrá mi cumpleaños y con ello el final de una etapa y el comienzo de otra. Dicen que será mi tercera edad, y parece ser que no han inventado de momento una cuarta, así que intentaré aprovecharla lo mejor posible: creando, aprendiendo, viajando, amando.

No digo que no tenga algo de miedo, como aquel septiembre de 1989 en que entré en una clase como profesor por primera vez. Entonces subía las escaleras de dos en dos, me acercaba a mis alumnos de un salto y las horas se me pasaban sin darme cuenta. O eso pensaba yo.

Ahora mi miedo es diferente, porque hoy, aunque no puedo quejarme, no dejo de reconocer que no soy el mismo de entonces, ni física ni anímica, ni intelectualmente. Y quizás por ello ahora en mi mente lo prioritario es mi salud. Aún recuerdo cuando mi padre, cercano a su jubilación, vio truncados sus sueños de futuro, y parte de los nuestros, por un maldito infarto.

Por eso, a quien me recuerda que bien podría seguir trabajando, le recuerdo que lo llevo haciendo desde los 21 años. En este periodo solo tuve algunos breves meses de paro, y muy diferentes trabajos hasta que llegué a la educación. 

Pero no es momento ahora de hacer balance. Ni de evaluar ni evaluarme. He intentado hacer mi trabajo lo mejor que he podido y sabido, y uno no es nunca el mejor juez de sus actos. Esto de la educación lo he comparado alguna vez a la agricultura, y como tal sólo el tiempo podrá decir si hubo frutos o no de lo plantado, y si supe o no hacerlo mejor o peor.

Y por ello creo que dejaré vivo este blog, le daré más tiempo, pues discente o aprendiz lo seguiré siendo hasta el fin de mis días, para seguir dejando aquí algunas reflexiones, porque escribiendo también se aprende, se emprende y se comprende.

¿Escribí antes "viajando"?
Pues sí, porque la vida, y como parte de ella la educación, y hasta la paz, se comparan a menudo a un camino, donde lo importante no es tanto el destino como el camino en sí. 

Viajes habrá. Por ello termino aquí con la imagen que dibujé este domingo, los barcos que saldrán de regata por el Atlántico casi al mismo tiempo que yo lo haré por el aire. Ya les contaré, espero.


domingo, 27 de enero de 2019

Levando anclas (cambio de rumbo)


Este es un post que pensé escribir en septiembre, luego a comienzos de enero, finalmente, a 300 días de cumplir los 60 años, me pongo a escribirlo.

El 1 de septiembre de este año se cumplirán 30 años desde que me dedico a esto de la enseñanza, educación, pedagogía, aprendizaje o como quieran que le llamen ahora o en el futuro. 

Dos meses más tarde cumpliré los 60, y con 35 años, 5 años y 1 día cotizados (eso me dicen, yo hasta hace poco no contaba los días), y salvo milagro o desastre, y eso es quizá lo que me ha hecho alargar la redacción de este post, este será mi último curso como docente.

Por ello, y porque aunque por fuera pueda no parecerlo, mi interior, mi paciencia y mi resistencia tienen 59 años, como ya no aguanto las 20 horas lectivas semanales y los dos centenares de alumnos que te pueden tocar con estas materias de 2 horas semanales, decidí pedir reducción de 2/3 de horario - y de sueldo - en Canarias la reducción de horario al profesorado "mayor" es inexistente, pues queda todo "según la disponibilidad horaria del centro", y esa disponibilidad ya saben ustedes que no existe.

En todo caso, por todo lo anterior, y pagando de mi bolsillo la reducción horaria, este curso veo las cosas de otra manera, con una distanciación necesaria y positiva, procurando no implicarme como los 29 cursos anteriores, dibujando lo que ocurre y más atento a detalles que antes la falta de tiempo no me dejaba ver.


Muchas cosas han pasado estos años, muchas están en este blog, buenas, regulares y malas. En este blog "Discentia", empezado por este "discente" (aprendiz) en abril de 2006 con un post "Discentia, discentiae" de aprendiz de etimología que aún suscribo, y que en todos estos años, con más de 400 artículos en el blog, no ha cambiado mi condición de aprendiz, aunque alguna vez, la ignorancia es atrevida, me haya colocado en un falso papel de "experto", que quizás no es alguien superior, sino alguien que escribe sobre su experiencia.

En todos estos años, otra vida, la de artista, de dibujante, de curioso, de viajero, reflejada en mi otro blog "Acuarelas y Apuntes", ha ido ganando terreno a mi vida docente y posiblemente irá ganando aún más en el futuro. Crear lleva tiempo, y el tiempo (esos 35 años, cinco meses y un día) no siempre ha sido el que me gustaría.

Aunque intento no obsesionarme, pero la edad marca, y mirar al horizonte te hace ver que lo que queda atrás es más de lo que queda por delante. Por eso estoy aprendiendo a decir NO a todas aquello que me pedían todos estos años, porque 10 minutos hoy, 10 mañana y los que vengan es un tiempo que ya me empieza a faltar. Puede que mis compañeros y alumnos lo vean como egoísmo, yo lo veo como autoestima y pervivencia.

Por eso ayer, mientras otros dedicaban su jornada de descanso de ayer a perfeccionar su práctica educativa, yo preferí tomar mi libreta y dibujar con otras personas a las que le gusta lo mismo:


A quienes ayer y en el futuro pregunten por mí, sirvan estas palabras de explicación, y por supuesto que en persona, si llega el caso, podrá ser aún más extensa.

Pero la vida para mí ni empezó ni se acaba en la educación o en el trabajo. Hay vida más allá y alrededor. Seguiré siendo aprendiz toda la vida y seguramente alguna vez aparezca por aquí para escribir sobre algo que me sirva de aprendizaje. 

Con gran ilusión preparo mi corto o largo futuro, con proyectos e ideas en mi mente, saludando el nuevo Estatuto del Artista que parece que permitirá crear estando jubilado, cuando llegue el momento, con mi frágil pero decidido barquito de ilusiones, levaré anclas como aquel barquito rojo que pinté una vez. No será un gran yate, pero estará lleno de las mejores intenciones.






lunes, 3 de diciembre de 2018

Qué pena…

(Esto es parte de lo que he escrito hoy en el foro del profesorado de mi centro, donde me piden apuntarme en una lista de turnos para poder salir a votar y después traer un justificante de "haber ido a votar")

Qué pena…
Creo que en mi vida he pedido un justificante "de haber ido a votar".
Recuerdo que a mi padre, hace más de 50 años, se lo pedían.
Y menos aún he pedido turno para ello como en una charcutería.
Tampoco encuentro eso en ninguna normativa. Por favor, si alguien la encuentra, hagámela llegar.

Qué pena…
¿Qué quiere la Consejería de Educación de Canarias, o la Inspección, tratarnos como mentirosos de partida, tener a las mesas de votación rellenando justificantes?
¿Qué será lo siguiente, pedirnos un justificante de a quién votamos y por qué?

Qué pena…
Estas serán mis últimas votaciones sindicales, visto lo visto, no sé si habrá próximas, lo mismo da igual…

Qué pena…
Este fin de semana estuve en Andalucía, me encontré con un amigo. Allí tienen 18 horas lectivas, y a los profesores de mi edad les descuentan otras tres.
Yo este año tengo descuento de horario de 2/3. Me lo cobran con mi sueldo: 2/3 también.
Mi amigo trabaja casi las mismas horas y cobra sueldo completo.
Preferí no preguntarle por su sueldo en Andalucía.
Y todo eso, creo yo, no se lo han dado por la gran generosidad de su Consejería o de alguna divinidad. Alguien lo habrá pedido. Alguien lo habrá exigido. Y quienes suelen hacerlo son los sindicatos.
Mal que nos pese, los descuentos horarios, las ratios, los suplementos, las bajas sin descuento, las jubilaciones, no caen del cielo, hay que pedirlas, hay que exigirlas.
Y se pueden perder.

Qué pena… 
Ustedes votarán en las próximas elecciones sindicales del profesorado. O puede que no.
Les deseo suerte.

Qué pena…

lunes, 29 de octubre de 2018

Palabras al Vuelo

Palabras al vuelo, de alguna manera son las que vengo escribiendo aquí, cada vez menos, es cierto, cuatrocientas y pico veces desde hace 12 años y medio. 


Pero "Palabras al Vuelo" es también el nombre del Festival del cuento contado de Lanzarote que ya va por su sexta edición. En este tiempo lo he llamado "palabras al viento", "palabras al cielo", "palabras al aire", "palabras al mar" y de muchas maneras más.

Por la cercanía geográfica y sentimental a Lanzarote y al mundo de los cuentos y la ilustración llevaba cinco años sintiendo curiosidad y envidia. Este año, por circunstancias que en otro post quizás sepa explicar, me pude acercar y aunque fueron apenas dos días, la experiencia, ayudado por la compañía de los urban sketchers (dibujantes urbanos ) de Lanzarote, mereció mucho la pena.

Ya visitar la isla de Lanzarote fuera del periodo de verano en que suelo visitarla merece mucho la pena. Pasear por Arrecife sin prisas y con tiempo fresco, donde sólo suelo acudir en julio o agosto a hacer compras bajo un calor sofocante y permaneciendo el menor tiempo posible, también.

El viaje comenzó con un mini curso de ilustración, "Relatos de acuarela" impartido por Karina Cocq, ilustradora chilena, en la Sala el Quirófano de Arrecife.

Cuatro horas no son muchas para un dibujante lento como yo. Aún así, poder observar su proceso de trabajo, sus cuadernos de ideas y dibujos, intentar seguir la dinámica de un cuento limitado a dos palabras y dos colores al azar me gustó.


Al día siguiente, por la mañana, un paseo matinal me descubrió Arrecife y Playa Honda como no las recordaba, y evidentemente, había que dibujarlas:




Y por la tarde, con mi amiga, anfitriona y dibujante Eva de Urioste visité la exposición de Karina Cocq en la Escuela Pancho Lasso de Arrecife. Resultó muy interesante ver sus ilustraciones terminadas y el proceso, por ejemplo del cartel de esta edición de Palabras al Vuelo.



A continuación, en Arrecife, si atardece, es un paseo casi obligatorio pasar por el Charco de San Ginés, que con suerte siempre nos regalará algo:



Y así llegamos a la Recova municipal de Arrecife, junto a la Iglesia de San Ginés. Allí asistí al espectáculo "Planeta Cuento", Acompañado de Eva y de un numeroso grupo de dibujantes del grupo Urban Sketchers de Lanzarote. No conocía el sitio ni había asistido nunca a un espectáculo de tan numerosos y variados cuentacuentos en orígenes y estilos, y además la organización, encabezada por Cristina Temprano, también dibujante, nos reservaba allí un lugar de honor, muy cerca del escenario. 



El relato de lo sucedido allí lo cuentan en el mismo blog de Palabras al vuelo con el título "¡Arriba las palabras!".

"Arriba las palabras, … abajo los dibujantes" comenté yo en Facebook, porque abajo estuvimos, pluma y libreta en mano, intentando captar, cada uno a nuestro estilo, luchando con las luces y la oscuridad, las palabras y las ideas, las líneas y colores, aquellas historias que nos iban contando aquella noche. 


El resumen gráfico de lo sucedido bien podría ser el dibujo mío que encabeza este post, aunque hasta cinco dibujos fui capaz de hacer aquella noche de viernes.


Pero igualmente cualquiera de los dibujos de quienes me acompañaron aquella noche dibujando serviría para reflejar la chispa de aquellas palabras que volaron por el escenario:



Lanzarote me despidió al día siguiente con un luminoso día y una excursión a las Salinas del Janubio que no pude dejar de dibujar, y que bien podrían ser objeto de otros miles de cuentos aún por contar.


Y volver sobrevolando la hilera de volcanes como palabras de lava fue un premio añadido a un viaje corto, pero muy valioso. Gracias, Eva. Gracias, Lanzarote.